“BOLA DE NIEVE: una voz en el recuerdo”
Verano de 1995
Hubo una época en que solía frecuentar un lujoso
restaurante, El Moseñor, que a mí se me antojaba como el último reducto de una
Habana pretérita y elegante, y cuyo emplazamiento en la confluencia de las
calles N y 21 en el Vedado, le otorgaba ese aire de confidente de la noche,
unas veces bulliciosa, nostálgicas otras, enamorada siempre; también gozaba de
cierto halo señorial, quizás por la
proximidad de otro símbolo habanero, El Hotel Nacional, que erigido sobre una
colina llamada del Cacique Taganana, luce augusto y desafiante al paso
inexorable de los años, mientras coquetea sin cesar con la briza y el mar que
pugnan siempre por acariciarle. Pero tal vez, lo que me hacía volver una y otra
vez a ese lugar, era una voz y un quehacer, que le imprimía un sello
característico, como de ensueño; era la presencia de Don Ignacio Villa
Fernández, el cubanísimo Bola de Nieve, que una noche tras otra sentado al
piano, nos transportaba, como mecidos en la hoja de un pentagrama, al mundo imaginario
de este ilustre hijo de Guanabacoa, uno de los pueblos culturalmente más
prolíferos de Cuba y cuna de otras muchas figuras de nuestra música como Rita
Montaner o Ernesto Lecuona.
Pocas cosas tan maravillosas he experimentado en este mundo, como degustar un Gordon Blue, mientras escuchaba la interpretación de Drume Negrita o el sorber hasta la última gota de un daiquirí, envuelto en la magia del cadencioso Chivo que rompe tambó. Muchas veces me acerqué a aquel hombre negro como el chapapote y de dentadura como el algodón, para pedirle que interpretara ésta o aquella canción, y siempre complaciente, luciendo una amplia y contagiosa sonrisa, hacia las delicias de todos los presentes, con una entrega total, como si fuera aquella la primera y última vez; por eso con frecuencia, con gran desenfado y sin el más mínimo temor a que me tomara por un adulón le decía: “usted es el mejor maestro”.
Me contaba mi gran amigo, periodista de excelsa pluma, brillante orador e historiador de Guanabacoa, Don Alberto Acosta, que lo de Bola de Nieve le vino, porque en sus primeros pasos como intérprete, tuvo un día la ocasión de actuar en el vetusto Teatro Carral y para tan señalado evento de su vida, por carecer de medios económicos suficientes, hubo de tomar prestado uno de esos trajes blancos “como coco”, que se usaban para hacer la primera comunión. Al finalizar su personalísima actuación, fue tal el éxito obtenido, que todo el recinto fue estremecido por el estallido de una fuerte y prolongada ovación; unos gritaban ¡bravo!, otros exclamaban ¡chevere!, y alguien que no recordaba su nombre y si quería volver a escucharle, pidió a viva voz: “¡canta otra Bola de Nieve!”; y ahí se le quedó el mote. Haya sido cierta o no la anécdota, poco importa, lo importante es que dicho nombre le acompañó el resto de su vida, le identificó y distinguió, incluso más allá de nuestras fronteras para inmortalizarlo definitivamente.
Un día Bola se nos marchó físicamente, emprendiendo ese largo y eterno camino sin retorno, y desde entonces le henos echado mucho de menos. Yo poco después de su partida, regresé un día a mi refugio del Monseñor, pero ya nada era igual y es que hay personas que con su sólo estar, transmiten una luz muy singular a la atmósfera que les rodea. No volví nunca más.
Hoy pienso en todo eso con tanta tristeza, quizás porque estoy muy lejos, porque escucho ahora mismo, en una vieja grabación, su inconfundible Mesie Julian, y además, porque me recuerda a Cuba, a la que él amó tanto como la amo yo.
Pocas cosas tan maravillosas he experimentado en este mundo, como degustar un Gordon Blue, mientras escuchaba la interpretación de Drume Negrita o el sorber hasta la última gota de un daiquirí, envuelto en la magia del cadencioso Chivo que rompe tambó. Muchas veces me acerqué a aquel hombre negro como el chapapote y de dentadura como el algodón, para pedirle que interpretara ésta o aquella canción, y siempre complaciente, luciendo una amplia y contagiosa sonrisa, hacia las delicias de todos los presentes, con una entrega total, como si fuera aquella la primera y última vez; por eso con frecuencia, con gran desenfado y sin el más mínimo temor a que me tomara por un adulón le decía: “usted es el mejor maestro”.
Me contaba mi gran amigo, periodista de excelsa pluma, brillante orador e historiador de Guanabacoa, Don Alberto Acosta, que lo de Bola de Nieve le vino, porque en sus primeros pasos como intérprete, tuvo un día la ocasión de actuar en el vetusto Teatro Carral y para tan señalado evento de su vida, por carecer de medios económicos suficientes, hubo de tomar prestado uno de esos trajes blancos “como coco”, que se usaban para hacer la primera comunión. Al finalizar su personalísima actuación, fue tal el éxito obtenido, que todo el recinto fue estremecido por el estallido de una fuerte y prolongada ovación; unos gritaban ¡bravo!, otros exclamaban ¡chevere!, y alguien que no recordaba su nombre y si quería volver a escucharle, pidió a viva voz: “¡canta otra Bola de Nieve!”; y ahí se le quedó el mote. Haya sido cierta o no la anécdota, poco importa, lo importante es que dicho nombre le acompañó el resto de su vida, le identificó y distinguió, incluso más allá de nuestras fronteras para inmortalizarlo definitivamente.
Un día Bola se nos marchó físicamente, emprendiendo ese largo y eterno camino sin retorno, y desde entonces le henos echado mucho de menos. Yo poco después de su partida, regresé un día a mi refugio del Monseñor, pero ya nada era igual y es que hay personas que con su sólo estar, transmiten una luz muy singular a la atmósfera que les rodea. No volví nunca más.
Hoy pienso en todo eso con tanta tristeza, quizás porque estoy muy lejos, porque escucho ahora mismo, en una vieja grabación, su inconfundible Mesie Julian, y además, porque me recuerda a Cuba, a la que él amó tanto como la amo yo.

fabuloso, que interesante que publiques Estas Cosas que ya no se ven, solo lo vi en el museo de guanabacoa una vez, me alegro mucho de volver a leer sobre Bola de nieve. eres el mejor!!
ResponderEliminarAbsolutamente extraodinario artículo. Felicidades.
ResponderEliminarFantástico artículo. Felicidades
ResponderEliminarFantástico artículo. ¡Felicidades!
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