Ha
reabierto el “Sloppy Joe´s Bar” de la Habana; ¡ahí está!, símbolo de lo que yo
he dado en llamar una Habana “pretérita y elegante”. Nació hace mucho ya. En
año de 1918, José Abeal y Otero, inmigrante gallego cumplía su sueño de abrir
su propio bar, catorce años antes, había trabajado como barman en un
establecimiento de Galiano y Zanja, en el Chinatown de La Habana, luego viajó a
Estados Unidos, a ciudades como New Orleans, trabajando durante
cerca de seis años en la ciudad del jazz, cuna Tennesse Williams, Louis Armstrong,
Billy Holyday y Blanche Dubois; luego permanecería otros seis años en Miami,
desde donde un día partiría para establecerse nuevamente y de forma definitiva
en la Habana, abriendo un bar en la esquina de las calles de Zulueta y Ánimas,
casi frente a la antigua Plaza del Polvorín y que hoy ocupa el Palacio de
Bellas Artes.
El 1º de julio de 1919 entraba en vigor la Ley Seca en Estados Unidos, así que no tardó en producirse un traslado masivo de ciudadanos estadounidenses a la capital cubana, el flujo fue de tales dimensiones que la compañía Aeromarine comenzó a realizar vuelos diarios con hidroaviones desde Key West al puerto de la Habana, al tiempo que los ferries ampliaban sus ofertas.
Sloppy Joe’s Bar se convirtió en una especie de escala obligada al arribar al puerto caribeño, poseía en sus salones más de 20 mesas con sus sillas thonet y una gigantesca barra de 59 pies de largo (con posibilidades de llevarse el Guinnes), elaborada con maderas preciosas nacionales y cuyo brillo deslumbraba desde la acera a los viandantes, mientras que sus columnas y paredes interiores estaban adornadas por cristales frente a los que se amontonaban en línea bebidas de todo el universo. El Bar poseía un espléndido servicio de coctelería, uno de sus barmans más famosos, Fabio Delgado, creó 33 cockteles entre los cuales se encontraba uno dedicado al actor Errol Flynn (niño mimado de la Warner Bros.); allí podían degustarse además, El Grace Line, el Kentucky, el Manhattan, así como Martini, el Gin Tonic, Cubanito y Cuba Libre e incluso, el Ruso negro o España en llamas, sugiriéndose de continuo en su carta, “ask for the Sloppy Joe´s Run”. La publicación anual durante la década de los 30, del Manual Cocktail Sloppy Joe´s contribuyó a extender su fama más allá de las fronteras de la Isla.
En aquel local confluían todo tipo de personajes, artistas, hombres de negocios, comerciantes, marineros y hasta gente corriente; hombres bien peinados y untados de gomina o brillantina Palmolive y señoras elegantemente vestidas mostrando sus peinados, entonces de moda, como los Chignon, Omelet Fold, Vicotry Roll, cubiertos muchas veces por sus snood (redecillas) Allí podía verse desde la guayabera de hilo, al traje de dril 100 o el de casimir o muselina inglesa London Taylor, hasta zapatos Ingelmo o Florsheim, sombreros de ala ancha de fieltro de castor o Panameños. Era el escenario de un ambiente distinguido, glamuroso y polifacético.
Yo personalmente conocí al Sloppy Joe´s Bar, llegué a verlo vital, desbordante, siendo muy pequeño y mientras bebía un batido de chocolate, en tanto mi padre hacia lo mismo con una “Cabeza de Perro” (cerveza inglesa). A principios de los 60 volví en varias ocasiones para ver como languidecía aceleradamente bajo la obseción antinorteamericana de la revolución triunfante; para 1968 fue clausurado definitivamente, quizás llevado por algún funcionario de turno que vio en el nombre Sloppy Joe, algo parecido al apodo de un sargento del 29th Airborne Squad (escuadrón aéreo) estadounidense. En 1983, regresé. Resulta que entonces yo colaboraba como escultor en el taller de Artes Plástica del Liceo Artístico y Literario (antiguo Centro Gallego de la Habana), un día ante la carencia de maderas para mis esculturas, mi amigo, el pintor y entonces profesor de artes plásticas David Roche, me comentó que tenían unas cien piezas de madera de caoba cubana de 60 cm de largo por un diámetro de 12 cm., restos de una balaustrada que había sido desmontada en el mencionado Liceo a fin de ser sustituidas por unos biombos de playwood (idea un tanto original) y que dicho material estaba de momento, en un local que tenían a modo de almacén y donde esperaban para ser trasladados en breve al vertedero de Cayo Cruz, donde les esperaba una despiadada cremación (bendito Torquemada). Allí acudimos con una vieja camioneta y cuál fue mi sorpresa cuando al arribar al lugar, el local de almacén no era otro que el del antiguo Sloppy Joe´s Bar. Nada más abrir el pesado y oxidado portón, penetramos en aquel lúgubre, pestilente y húmedo lugar, me sentí como el personaje de Fortunato quien fuera conducido bajo engaño por Montresor a una catacumba en el célebre cuento “The Cask of Amontillado” (El barril de Amontillado) del afamado maestro del horror Edgar Allan Poe. La paredes lucían mugrientas, los roedores campeaban a sus anchas sabedores de que ahora éramos nosotros los intrusos, el suelo se desvanecía bajo nuestros pies, la famosa barra de madera dura yacía fraccionada y mutilada y los restos de mobiliario, botellas de licor y basura completaban el desordenado paisaje; pero de pronto como una aparición mariana y ya acostumbrados mis ojos a la semipenumbra, adiviné unos muebles que a modo de vitrinas exhibían centenares de fotos, que habían sobrevivido a la carcoma y a las polillas por sus aislamiento vítreo y allí para mi sorpresa reconocí rostros famosos fotografiados en aquel mismo lugar, entre los que alcanzo recordar a Richard Dix, Errol Flynn, John Wayne, Spencer Tracy, George Raft, Edward G. Robinson, Clark Gable, Mario Moreno (Cantinflas), Frank Sinatra, Ava Gardner, Spencer Tracy, Don Ameche, Alice Faye, Tyrone Powers, John Wayne, Nat King Cole, Rock Hudson, Babe Ruth, Sugar Ray Robinson, Ted Williams, Ernest Hemingway y un largo etc. que pugna atropelladamente por salir de mi memoria; sólo faltaba que el FBI por ordenes Edgar Huber, hubiera colgado las fotos de los gánsters, Meyer Lansky y Lucky Luciano, que a propósito, también estuvieron allí. A punto estuve por arrebatar aquel tesoro condenado a una muerte segura, pero pudo más la honestidad, hoy en cambio, pienso que aquello hubiera sido un “robo patriótico”, pero lo cierto es que allí lo dejé. Mucho tiempo después, ya en Europa, pude ver al fin el film “Our man in Havana” versión cinematográfica de la famosa obra de Grahan Green y que fuera censurada por el Gobierno de Castro, en ella pude ver al la imagen del actor Alec Guinness en su papel de Jim Wormold (un vendedor de aspiradoras devenido en falso espía) recostado sobre la barra del Sloppy Joe´s Bar, devolviéndome nuevamente la imagen casi perdida en mi memoria, de aquel lugar.
Hace unos días fue reinaugurado el Sloppy Joe´s Bar de la Habana, esfuerzo encomiable realizado por la Oficina del Historiador de la Habana, y ¡ahí está!, como un símbolo, como dije al comienzo, pero los símbolos son sólo eso, símbolos. Ahora recuerdo a Mohamed, un simpático guía turístico egipcio, de elevada cultura y refinados modales adquiridos en alguna universidad europea, él que a través de nuestro largo recorrido a lo largo del Nilo y después de visitar Komombo, Luxor y Philae, anunciaba que los mejor estaba por llegar a nuestro arribo al Cairo. Un día temprano fuimos conducidos en enormes ómnibus de cristales tintados y al cruzar una delgada franja de desierto, nos detuvimos y las puestas se abrieron, Mohamed descendió el primero y situándose frente al panorama pétreo que ofrecían la Esfinge de Gize y las pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos, abriendo sus brazos en cruz como un Cristo de Corcovado, exclamó: ¡“helas ahí, imponentes y desafiantes al paso del tiempo y como símbolos de UN EXPLENDOR QUE YA NO EXISTE”! Quédese el lector con la última frase.
El 1º de julio de 1919 entraba en vigor la Ley Seca en Estados Unidos, así que no tardó en producirse un traslado masivo de ciudadanos estadounidenses a la capital cubana, el flujo fue de tales dimensiones que la compañía Aeromarine comenzó a realizar vuelos diarios con hidroaviones desde Key West al puerto de la Habana, al tiempo que los ferries ampliaban sus ofertas.
Sloppy Joe’s Bar se convirtió en una especie de escala obligada al arribar al puerto caribeño, poseía en sus salones más de 20 mesas con sus sillas thonet y una gigantesca barra de 59 pies de largo (con posibilidades de llevarse el Guinnes), elaborada con maderas preciosas nacionales y cuyo brillo deslumbraba desde la acera a los viandantes, mientras que sus columnas y paredes interiores estaban adornadas por cristales frente a los que se amontonaban en línea bebidas de todo el universo. El Bar poseía un espléndido servicio de coctelería, uno de sus barmans más famosos, Fabio Delgado, creó 33 cockteles entre los cuales se encontraba uno dedicado al actor Errol Flynn (niño mimado de la Warner Bros.); allí podían degustarse además, El Grace Line, el Kentucky, el Manhattan, así como Martini, el Gin Tonic, Cubanito y Cuba Libre e incluso, el Ruso negro o España en llamas, sugiriéndose de continuo en su carta, “ask for the Sloppy Joe´s Run”. La publicación anual durante la década de los 30, del Manual Cocktail Sloppy Joe´s contribuyó a extender su fama más allá de las fronteras de la Isla.
En aquel local confluían todo tipo de personajes, artistas, hombres de negocios, comerciantes, marineros y hasta gente corriente; hombres bien peinados y untados de gomina o brillantina Palmolive y señoras elegantemente vestidas mostrando sus peinados, entonces de moda, como los Chignon, Omelet Fold, Vicotry Roll, cubiertos muchas veces por sus snood (redecillas) Allí podía verse desde la guayabera de hilo, al traje de dril 100 o el de casimir o muselina inglesa London Taylor, hasta zapatos Ingelmo o Florsheim, sombreros de ala ancha de fieltro de castor o Panameños. Era el escenario de un ambiente distinguido, glamuroso y polifacético.
Yo personalmente conocí al Sloppy Joe´s Bar, llegué a verlo vital, desbordante, siendo muy pequeño y mientras bebía un batido de chocolate, en tanto mi padre hacia lo mismo con una “Cabeza de Perro” (cerveza inglesa). A principios de los 60 volví en varias ocasiones para ver como languidecía aceleradamente bajo la obseción antinorteamericana de la revolución triunfante; para 1968 fue clausurado definitivamente, quizás llevado por algún funcionario de turno que vio en el nombre Sloppy Joe, algo parecido al apodo de un sargento del 29th Airborne Squad (escuadrón aéreo) estadounidense. En 1983, regresé. Resulta que entonces yo colaboraba como escultor en el taller de Artes Plástica del Liceo Artístico y Literario (antiguo Centro Gallego de la Habana), un día ante la carencia de maderas para mis esculturas, mi amigo, el pintor y entonces profesor de artes plásticas David Roche, me comentó que tenían unas cien piezas de madera de caoba cubana de 60 cm de largo por un diámetro de 12 cm., restos de una balaustrada que había sido desmontada en el mencionado Liceo a fin de ser sustituidas por unos biombos de playwood (idea un tanto original) y que dicho material estaba de momento, en un local que tenían a modo de almacén y donde esperaban para ser trasladados en breve al vertedero de Cayo Cruz, donde les esperaba una despiadada cremación (bendito Torquemada). Allí acudimos con una vieja camioneta y cuál fue mi sorpresa cuando al arribar al lugar, el local de almacén no era otro que el del antiguo Sloppy Joe´s Bar. Nada más abrir el pesado y oxidado portón, penetramos en aquel lúgubre, pestilente y húmedo lugar, me sentí como el personaje de Fortunato quien fuera conducido bajo engaño por Montresor a una catacumba en el célebre cuento “The Cask of Amontillado” (El barril de Amontillado) del afamado maestro del horror Edgar Allan Poe. La paredes lucían mugrientas, los roedores campeaban a sus anchas sabedores de que ahora éramos nosotros los intrusos, el suelo se desvanecía bajo nuestros pies, la famosa barra de madera dura yacía fraccionada y mutilada y los restos de mobiliario, botellas de licor y basura completaban el desordenado paisaje; pero de pronto como una aparición mariana y ya acostumbrados mis ojos a la semipenumbra, adiviné unos muebles que a modo de vitrinas exhibían centenares de fotos, que habían sobrevivido a la carcoma y a las polillas por sus aislamiento vítreo y allí para mi sorpresa reconocí rostros famosos fotografiados en aquel mismo lugar, entre los que alcanzo recordar a Richard Dix, Errol Flynn, John Wayne, Spencer Tracy, George Raft, Edward G. Robinson, Clark Gable, Mario Moreno (Cantinflas), Frank Sinatra, Ava Gardner, Spencer Tracy, Don Ameche, Alice Faye, Tyrone Powers, John Wayne, Nat King Cole, Rock Hudson, Babe Ruth, Sugar Ray Robinson, Ted Williams, Ernest Hemingway y un largo etc. que pugna atropelladamente por salir de mi memoria; sólo faltaba que el FBI por ordenes Edgar Huber, hubiera colgado las fotos de los gánsters, Meyer Lansky y Lucky Luciano, que a propósito, también estuvieron allí. A punto estuve por arrebatar aquel tesoro condenado a una muerte segura, pero pudo más la honestidad, hoy en cambio, pienso que aquello hubiera sido un “robo patriótico”, pero lo cierto es que allí lo dejé. Mucho tiempo después, ya en Europa, pude ver al fin el film “Our man in Havana” versión cinematográfica de la famosa obra de Grahan Green y que fuera censurada por el Gobierno de Castro, en ella pude ver al la imagen del actor Alec Guinness en su papel de Jim Wormold (un vendedor de aspiradoras devenido en falso espía) recostado sobre la barra del Sloppy Joe´s Bar, devolviéndome nuevamente la imagen casi perdida en mi memoria, de aquel lugar.
Hace unos días fue reinaugurado el Sloppy Joe´s Bar de la Habana, esfuerzo encomiable realizado por la Oficina del Historiador de la Habana, y ¡ahí está!, como un símbolo, como dije al comienzo, pero los símbolos son sólo eso, símbolos. Ahora recuerdo a Mohamed, un simpático guía turístico egipcio, de elevada cultura y refinados modales adquiridos en alguna universidad europea, él que a través de nuestro largo recorrido a lo largo del Nilo y después de visitar Komombo, Luxor y Philae, anunciaba que los mejor estaba por llegar a nuestro arribo al Cairo. Un día temprano fuimos conducidos en enormes ómnibus de cristales tintados y al cruzar una delgada franja de desierto, nos detuvimos y las puestas se abrieron, Mohamed descendió el primero y situándose frente al panorama pétreo que ofrecían la Esfinge de Gize y las pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos, abriendo sus brazos en cruz como un Cristo de Corcovado, exclamó: ¡“helas ahí, imponentes y desafiantes al paso del tiempo y como símbolos de UN EXPLENDOR QUE YA NO EXISTE”! Quédese el lector con la última frase.

No hay comentarios:
Publicar un comentario