“Mi encuentro con Rauschenberg”
Corría el año 1986, trabaja entonces como museólogo
y Jefe del Archivo Histórico del Museo Histórico de Guanabacoa, institución que
era visitada por personalidades del mundo entero. Un caluroso sábado me
encontraba realizando mi guardia técnica como Guía y sólo tenía programada una
visita procedente del Ministerio de Cultura, por lo que todo parecía indicar que
tendría una tarde llena de tedio. Sin
embargo, de repente arribó al lugar una delegación acompañando a un visitante,
al cual inmediatamente identifiqué; no podía creerme que estuviera asistiendo a
la oportunidad de conocer de cerca a un personaje, al cual había estudiado en
mis años de estudiante en la Universidad de La Habana, mientras cursaba la
carrera de Historia del Arte y por el que no tardé en sentir una profunda
admiración; aquel hombre era el internacionalmente conocido artista
estadounidense Robert Rauschenberg, uno de los pintores más importantes del
siglo XX.
Rauschenberg, se encontraba en Cuba en visita de
trabajo, quería contrastar de cerca la realidad existente en el país caribeño,
como había hecho ya y continúo haciendo con otros países, algunos bajo
dictaduras comunistas, como parte del proceso de su recolección de “impresiones
vitales”, para el gigantesco Proyecto ROCI (Rauschenberg Overseas Culture
Interchange).
El artista había visitados la Isla en los años 50,
lo que sin dudas, personalmente le sirvió para establecer un estado comparativo
entre el antes y el después. Rauschenberg, con su visita a Cuba no estaba
haciendo ninguna concesión ideológica, eso sería absurdo pensarlo, él era un
rebelde, lo demostró desde la época en que cursaba estudios en Black Mountain
bajo la guía de su profesor Josef Albert, uno de los máximos representantes de
la Bauhaus, que con su estricta disciplina sólo lograría, como el propio pintor
reconociera, que “yo hiciera exactamente todo lo contrario a lo que me
dictaba”. Pero a este representante de la plástica mundial, le encantaba sentir
los procesos desde dentro.
Después de realizada la visita a las salas del
museo, en especial las dedicadas a los cultos sincréticos de origen africano,
por lo cual se sintió especialmente atraído, dialogamos sobre los vaivenes
históricos Cuba-Estados Unidos y luego, porque no podía ser de otra forma, a
dialogar sobre arte. Yo quería atrapar todo cuando decía, sus reflexiones sobre
el sentido de los objetos, que utilizaba en sus “combines”, que para muchos son
tomados como “objetos muertos”, cuando en realidad, al vincularlos a la obra
plástica cobran nueva vida, una vida de perpetua expresión, “una vida después
de la muerte” lo que le separa del concepto ortodoxo del movimiento Dadá. Su
intención fue siempre renovadora, lo que le hizo volver una y otra vez sobre la
escultura, integrándola, mezclándola, efectos que intentó prolongar en el
grabado, la fotografía y sus performance. No se cansaba de repetir que todos
los objetos son validos en la obtención de un hecho artístico u obra de arte,
lo artístico era para él, esa destreza innata de combinarlos y convertirlos en
arte con identificación propia y sugerente, que se acerca y aleja
constantemente de lo ambiguo; no es raro entonces que Jasper John afirmara que:
“…fue el creador estadounidense que más había inventado, tenía un genio
extraordinario para dar valor a la ruptura como parte de la creación
artística”. Rauschenberg consideraba que el hecho de la realidad misma, partía
del objeto, quizás por eso me dijo: “…I disguise everything you can disguise,
but there are things that can not disguise…” (Yo disfrazo todas las cosas que
tú puedes disfrazar, pero hay cosas que no pueden disfrazarse). Curiosamente,
supe que días antes Rauschenberg, mientras dictaba una Conferencia en el Museo
Nacional de Bellas Artes tuvo entre el público al artista Aldito Menéndez,
quien asistió disfrazado de indio Navajo, sin que el artista se inmutara.
Rauschenberg, finalmente se paseo por todo el Museo
haciendo fotos y más fotos y esto dio lugar a un hecho curioso. Semanas antes
de la visita del pintor y con motivo de la celebración de la Bienal de la
Habana, el también Museólogo, entonces Jefe del Departamento Técnico José Luis
Hernández y yo habíamos realizado una instalación, utilizando como soporte un
robusto árbol de ceiba que crecía en los jardines del Museo, al cual le fuimos
adicionando elementos como cadenas, un caldero de Oggún, una de mis esculturas
que representaba plásticamente a Elegguá y otros elementos alegóricos al culto
Palo Monte; el artista norteamericano hizo varias fotos de dicha instalación
desde varios ángulos y para nuestra sorpresa, una de estas fotos las utilizó
más tarde en la realización de una de las obras pictóricas que formó parte del
ROCI Project.
Se pueden imaginar, que esa calurosa tarde del
verano del 86, jamás podré olvidarla.

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