lunes, 15 de julio de 2013

MI encuentro con Rausechenberg




“Mi encuentro con Rauschenberg”

Corría el año 1986, trabaja entonces como museólogo y Jefe del Archivo Histórico del Museo Histórico de Guanabacoa, institución que era visitada por personalidades del mundo entero. Un caluroso sábado me encontraba realizando mi guardia técnica como Guía y sólo tenía programada una visita procedente del Ministerio de Cultura, por lo que todo parecía indicar que tendría una tarde llena de tedio. Sin embargo, de repente arribó al lugar una delegación acompañando a un visitante, al cual inmediatamente identifiqué; no podía creerme que estuviera asistiendo a la oportunidad de conocer de cerca a un personaje, al cual había estudiado en mis años de estudiante en la Universidad de La Habana, mientras cursaba la carrera de Historia del Arte y por el que no tardé en sentir una profunda admiración; aquel hombre era el internacionalmente conocido artista estadounidense Robert Rauschenberg, uno de los pintores más importantes del siglo XX.
Rauschenberg, se encontraba en Cuba en visita de trabajo, quería contrastar de cerca la realidad existente en el país caribeño, como había hecho ya y continúo haciendo con otros países, algunos bajo dictaduras comunistas, como parte del proceso de su recolección de “impresiones vitales”, para el gigantesco Proyecto ROCI (Rauschenberg Overseas Culture Interchange).
El artista había visitados la Isla en los años 50, lo que sin dudas, personalmente le sirvió para establecer un estado comparativo entre el antes y el después. Rauschenberg, con su visita a Cuba no estaba haciendo ninguna concesión ideológica, eso sería absurdo pensarlo, él era un rebelde, lo demostró desde la época en que cursaba estudios en Black Mountain bajo la guía de su profesor Josef Albert, uno de los máximos representantes de la Bauhaus, que con su estricta disciplina sólo lograría, como el propio pintor reconociera, que “yo hiciera exactamente todo lo contrario a lo que me dictaba”. Pero a este representante de la plástica mundial, le encantaba sentir los procesos desde dentro.
 Después de realizada la visita a las salas del museo, en especial las dedicadas a los cultos sincréticos de origen africano, por lo cual se sintió especialmente atraído, dialogamos sobre los vaivenes históricos Cuba-Estados Unidos y luego, porque no podía ser de otra forma, a dialogar sobre arte. Yo quería atrapar todo cuando decía, sus reflexiones sobre el sentido de los objetos, que utilizaba en sus “combines”, que para muchos son tomados como “objetos muertos”, cuando en realidad, al vincularlos a la obra plástica cobran nueva vida, una vida de perpetua expresión, “una vida después de la muerte” lo que le separa del concepto ortodoxo del movimiento Dadá. Su intención fue siempre renovadora, lo que le hizo volver una y otra vez sobre la escultura, integrándola, mezclándola, efectos que intentó prolongar en el grabado, la fotografía y sus performance. No se cansaba de repetir que todos los objetos son validos en la obtención de un hecho artístico u obra de arte, lo artístico era para él, esa destreza innata de combinarlos y convertirlos en arte con identificación propia y sugerente, que se acerca y aleja constantemente de lo ambiguo; no es raro entonces que Jasper John afirmara que: “…fue el creador estadounidense que más había inventado, tenía un genio extraordinario para dar valor a la ruptura como parte de la creación artística”. Rauschenberg consideraba que el hecho de la realidad misma, partía del objeto, quizás por eso me dijo: “…I disguise everything you can disguise, but there are things that can not disguise…” (Yo disfrazo todas las cosas que tú puedes disfrazar, pero hay cosas que no pueden disfrazarse). Curiosamente, supe que días antes Rauschenberg, mientras dictaba una Conferencia en el Museo Nacional de Bellas Artes tuvo entre el público al artista Aldito Menéndez, quien asistió disfrazado de indio Navajo, sin que el artista se inmutara.
Rauschenberg, finalmente se paseo por todo el Museo haciendo fotos y más fotos y esto dio lugar a un hecho curioso. Semanas antes de la visita del pintor y con motivo de la celebración de la Bienal de la Habana, el también Museólogo, entonces Jefe del Departamento Técnico José Luis Hernández y yo habíamos realizado una instalación, utilizando como soporte un robusto árbol de ceiba que crecía en los jardines del Museo, al cual le fuimos adicionando elementos como cadenas, un caldero de Oggún, una de mis esculturas que representaba plásticamente a Elegguá y otros elementos alegóricos al culto Palo Monte; el artista norteamericano hizo varias fotos de dicha instalación desde varios ángulos y para nuestra sorpresa, una de estas fotos las utilizó más tarde en la realización de una de las obras pictóricas que formó parte del ROCI Project.
Se pueden imaginar, que esa calurosa tarde del verano del 86, jamás podré olvidarla.

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