lunes, 15 de julio de 2013

No lo arregla ni el médico chino





Juan De Dios Sian Zaldívar (Dr. Chan Bon Bian), también llamado popularmente “El médico chino” (18..?-1885). Célebre médico procedente de  Cantón, China, que al arribar a Cuba rápidamente alcanzó celebridad por sus continuos éxitos en el tratamiento de la más diversas enfermedades, de ahí, que cuando algo resultaba imposible de resolver, el refranero popular acuñó la frase de : “esto no lo arregla ni el médico chino”,  expresión que ha sobrevivido al paso del tiempo en Cuba. 


“No lo arregla ni el médico chino”


Lo que hoy es Palestina, fue poblado por primera vez hace ya 90.000 años con migraciones procedentes del norte de África de la que ya no quedan, por supuesto, vestigio alguno. Hace 40.000 años oleadas procedentes igualmente del norte de África, Golfo Pérsico y Medio Oriente la habitaron. Hacia el 2.000 a.c., la región pasó a ser ocupada por pueblos de lengua semítica (fenicios, cananeos y hebreos), logrando los fenicios la hegemonía y fundando ciudades; los pelesets se establecieron caracterizándose este periodo por constantes enfrentamientos entre estos y los hebreos, vecinos de los sedomitas, moabitas, ammonitas e ismaelitas. La existencia de una ciudad cananea denominada Ourousalim (Jerusalén) queda comprobada en escritos que datan del siglo XXI a. c. En el siglo XIV a.c., una parte del pueblo hebreo establecido en Cannán emigró a Egipto, como consecuencia de la hambruna que asoló dicha región; éstos fueron acogidos por Egipto y trabajaron para los egipcios. Se suele afirmar que los egipcios tomaron al pueblo hebreo como esclavos, pero esta afirmación carece de solides, toda vez que la cultura egipcia no contemplaba la esclavitud como sistema productivo, sino que existía lo que históricamente se ha  denominado corvea, es decir, un sistema mediante el cual quienes no podían hacer frente al pago de los tributos con la cosecha, debían hacerlo a través de su trabajo, es decir, trabajando para el Faraón. La deuda de corvea era de común heredada por los descendientes de las familias objeto de la misma, de cuya suerte, existía siempre un miembro de la misma atrapado dentro del sistema de corvea; por esta razón, entre otras, en el siglo XIII a. c. los hebreos se revelaron y regresaron a Canaán, la denominada "tierra prometida. Este retorno se conoce históricamente como éxodo, y aparece tratado por Nicolás de Damasco, Artapano de Alejandría, Filón y Josefo y otros, así como en las conclusiones de importantes estudiosos contemporáneos de dicha cultura y recientes hallazgos arqueológicos (como se puede observar he eludido totalmente la utilización de textos religiosos, los cuales a mi juicio son importantes para el estudio del comportamiento de la formación social hebrea, no así para esclarecer su devenir histórico, por la imprecisión y confusión que crean en no pocos casos los referidos textos y además,  para evitar que tomaran su uso, como prueba de que yo personalmente me inclino más a un bando que a otro, cosa que ni remotamente es cierta). En fin, nada de textos religiosos, ni los de un lado, ni los del otro.
Cuando la dinastía asmonea consigue liberarse del yugo seléucida  ésta logra gobernar al pueblo judío durante todo un siglo, desde el 164 a. c. hasta el 63 a. c. aproximadamente y es cuando finalmente, el país es sometido a la Roma por Pompeyo. La  Primera Guerra Judeo-Romana (66-73) se  produce cuando los judíos se sublevaron por primera vez contra Roma. Con esta guerra se produjo la conquista de Jerusalén y la muerte de más de un millón de judíos, dando lugar a otro gran éxodo por parte de los sobrevivientes. Durante tres años, desde el 132-135 con la rebelión de Bar Kojba, las fuerzas judías resistieron al Imperio romano, hasta que finalmente fueron aplastados por el emperador Adriano. El fracaso de esta rebelión judía, ocasionó su expulsión definitiva del país y la reconstrucción de Jerusalén como una colonia romana con el nombre de Aelia Capitolina. Una vez destruido el “Estado” judío y exiliada la mayor parte de su población, los romanos cambiaron intencionadamente la denominación del país, que pasó a denominarse Siria Palestina o simplemente Palestina, un nombre derivado de los antiguos adversarios de los judíos, los filisteos; cabe señalar que el Mishná y el Talmud fueron escritos posterior a estas fechas y en pleno exilio.
Dividido el Imperio romano, Palestina estuvo bajo el dominio de Bizancio hasta el año 639, en que se produjo la conquista árabe. La dinastía Omeya (661-750), pese a los múltiples y complejo problemas sociales y étnicos del territorio conquistado, no tuvieron que afrontar grandes problemas nacionales (entre las distintas etnias presentes en dicho imperio, y especialmente entre los árabes y el resto de las etnias), tampoco se produjeron enfrentamientos entre las distintas comunidades religiosas, ni entre los no musulmanes y el poder central. El Califato de Bagdad o Califato Abasí, sucedió al Omeya, que a su vez fue  substituido  por la dinastía de los turcos Selyúcida hacia el  1071.
Entre 1096 y 1244 alentado por la corriente religiosa, la pérdida de poder de Bizancio frente a los turcos y la total imposibilidad de peregrinar a Jerusalén,  la nobleza europea emprendió la Santas Cruzadas. La 1ra. Cruzada se produjo en el 1099 y finalizó con la conquista de Jerusalén y el establecimiento de 4 Estados Cruzados en oriente medio, entre estos, el denominado Reino de Jerusalén. La toma de Jerusalén por los cruzados supuso una amplia matanza, que no estableció diferencias entre judíos y musulmanes. En las décadas siguientes se produjeron el asentamiento de colonos europeos (cristianos), en especial italianos y francos, todo ello marcado por un notable incremento comercial impulsado por las Repúblicas marítimas. Jerusalén sería conquistada en el año 1187 por Saladino (dinastía Ayubí),  sultán de Egipto y de Siria. La Tercera Cruzada supuso la supervivencia del Reino de Jerusalén, para esta época convertida ya en una estrecha franja de tierra próxima a la costa. La dinastía Ayubí sería más tarde substituida por la de los Mamelucos hacia el 1250, que acabaron con el Reino de Jerusalén.
 El Imperio otomano sometió la región en el 1517, cuya dominación se prolongó cuatro siglos hasta 1917, durante los cuales fue parte del vilayato Damasco-Siria (provincia Otomana), manteniéndose una población judía que varió en número con el paso de los siglos. Hacia 1896 los judíos ya constituían la étnia mayoritaria en la región, especialmente en Jerusalén
Hacia 1881 habían comenzado las tres grandes oleadas de regreso de los judíos a Palestina que contaron con la resistencia por parte de los árabes. En las primeras décadas del siglo XX, muchos de estos ataques fueron promovidos por Amin al-Husayni;  éste líder palestino durante décadas, era un convencido antisemita, se convertiría años más tarde  en el principal aliado árabe de Adolf Hitler.
La denominada población árabe-palestina, también habitó esa zona desde épocas inmemoriales, coincidiendo como se ha visto, muchas veces en el tiempo con los hebreos, pero con la diferencia de que siendo de formación multiétnica, aparece disuelta como componente importante en los diferentes momentos históricos con un arraigo común que es la lengua árabe y si a esto agregamos el hecho de que regularmente dichas poblaciones nunca tuvieron un asentamiento significativo, por su absoluta movilidad poblacional,  al contrario que Israel, resulta confusa la identificación de un hogar definido dentro de la trama de su formación histórica. Es conocido el hecho, de que las poblaciones eminentemente nómadas, regularmente resultan “arqueológicamente invisibles” y si a esto se suma, que importantes periodos de su devenir histórico acusan enormes “zonas de silencio documental”, por carencia absoluta de testimonios escritos que arrojen luz sobre determinados hechos en los que pudo estar envuelto como cultura más o menos dominante, poco puede de momento conducirnos a un estado conclusivo. Si es un hecho irrebatible que tanto árabes-palestinos, como israelíes, tienen en la zona denominada Palestina, raíces que la convierten en un hogar común pese a las diferencias existentes.
En 1920, Palestina le fue adjudicada al Reino Unido por mandato de la Sociedad de Naciones (actual Naciones Unidas) para su administración; finalizada la 2ª Guerra Mundial, se mantuvo este status administrativo, no obstante, en 1947 con el estallido de una violencia incontrolable entre musulmanes y judíos, Gran Bretaña decide su retirada unilateral de Palestina y la puesta de su destino en manos de las Naciones Unidas, cuyo Consejo de Seguridad acuerda crear dos estados, uno Palestino y otro Israelí, otorgándoles una cantidad de territorio similar a cada uno de ello, la Liga Árabe se opuso categóricamente al acuerdo de la ONU y anunció que procedería contra dicho acuerdo, incluso con el uso de las armas si fuera necesario.  El 14 de mayo de 1948, unas horas antes de finalizar el mandato británico sobre el territorio de Palestina, el Estado de Israel fue proclamado en el territorio otorgado por el plan de las Naciones Unidas y en las 24 horas siguientes, 5 naciones árabes declararon la guerra al naciente estado judío y en estas batallas Israel perdió parte de los territorios otorgados por el referido Mandato de Naciones Unidas y conquistó otros que sumados superaban el 25% de lo que habían recibido en el reparto. A partir de esa época se producirían serios enfrentamientos como la Guerra del Sinaí en 1956.
En 1967 tuvo lugar la conocida  como La Guerra de los Seis Días. Al iniciarse la retirada de los Cascos Azules de la frontera con el Sinaí, se llevó a cabo el bloqueo de los estrechos de Tirán y se iniciaron movimientos amenazantes de tropas de Egipto, Siria y Jordania al otro lado de la frontera, las que junto a la concentración de tropas iraquíes y kuwaitíes y de otros países árabes con la marcada intención de atenazar a Israel, éste país decide entonces tomar la iniciativa y pasar a la acción  atacando a Egipto. A pesar de que los árabes confiaban en la capacidad de su alianza para derrotar definitivamente a los israelíes (confiaban en la actuación de sus 550.000 efectivos, los más de 2.000 tanques, 1.000 aviones y centenares de cohetes de fabricación soviética) fuerzas entonces  cinco veces superiores a las Israelíes; no obstante, el conflicto rápidamente se inclinó en contra de la facción árabe, Israel conquistó territorios de Egipto y de la península del Sinaí hasta el Canal de Suez
 En 1973 Egipto recuperó en ataque relámpago la ribera Este del Canal, durante la llamada guerra de Yom Kipur; pero el ejército de Israel, recuperado de la sorpresa inicial, cruza el Canal, y avanza situándose a sólo 101 kilómetros del Cairo; en tanto que en respuesta al ataque de Siria a las posiciones israelíes en las Alturas del Golán,  Israel responde con una ofensiva, logrando avanzar hasta situarse 32 kilómetros de Damasco, la capital Siria. Tras estas respuestas contundentes por parte del ejército israelí, Egipto firma la paz con Israel, convirtiéndose junto a Jordania en las únicas dos naciones árabes en asumir dicha postura. Con los Acuerdos de Camp David, Israel devuelve la Península del Sinaí y más tarde por decisión propia y de forma unilateral,  devuelve la Franja de Gaza.
Israel ha contado durante las últimas décadas de la ventaja de ser aliado de Estados Unidos. Norteamérica por su parte ha fomentado dicha alianza por dos elementos básico, por un lado, porque Norteamérica ha sido objeto de una fuerte presión ejercida por el poderoso “lobby judío” establecido con fuertes raíces en la economía y política de Norteamérica y por ser Israel el único estado en el medio oriente con una democracia parlamentaria, con un sistema pluripartidista y separación de poderes con sufragio universal, con clara similitud al Occidental (aunque muy lejos de la perfección), todo esto ha proporcionado a Israel la posibilidad de recibir de Estados Unidos más de 3.000 millones anuales en ayuda militar, si bien no recibe ninguna para su desarrollo económico, por considerar Estados Unidos que Israel es autosuficiente económicamente y por tanto no necesita de dicha ayuda; no obstante, estas ayudas permiten al estado hebreo no desviar recursos  propios en el rearme constante de su poderosa maquinaria bélica.
La Autoridad Nacional Palestina recibe por su parte, partidas fijas que suman 4.800 millones de dólares anuales en ayudas procedentes fundamentalmente de Estados Unidos, la Unión Europea, Canadá y New Israel Found, a lo que habría que sumar 55 millones de dólares que anualmente recibe del gobierno de Israel como parte el pago de los derechos  Aduanales, pero desafortunadamente, gran parte de este dinero es utilizado en financiar la guerra contra Israel, destinándose enormes partidas para la compra de armamento, explosivos, construir túneles, elaborar propaganda antiisraelí y a reconstruir los daños ocasionados por las incursiones militares de Israel, muchas veces provocadas por las propias fuerzas palestinas, que alimentan las trasnochadas intenciones hegemónicas de las facciones más extremas del  sionismo. La población árabe-palestina acusó un notable crecimiento de su desarrollo económico en la época en que la extinta URSS le suministraba gratuitamente armamento a la OLP, lo que demuestra nuestro comentario; pero hoy en día se encuentra sumida en una galopante pobreza.
Hay que destacar, que los éxitos militares de Israel hicieron que desde los primeros momentos se desarrollara entre alguno de sus líderes más extremistas, la mentalidad geopolítica de que podían ir ganando territorios en el Medio Oriente y convertirse en gendarmes de la zona, ello, sin dudas a ha agudizado el conflicto. Por otro lado, estás ambiciones expansionistas en detrimento de la población palestina, han sido planeadas cuidadosamente por partidarios de la expansión sionista a sabiendas de que hoy con un cuidadoso trabajo de inteligencia, pueden lograr agudizar la confrontación árabe-israelí, sin necesidad de provocar conflictos artificiales para llevar a cabo sus planes; un análisis de la situación política de la región,  ha llevado a los estrategas sionistas a la conclusión de que basta con esperar pacientemente la reacción de sus enemigos, a menudo ejecutores de políticas absurdas y por tanto proclives a ataques terroristas e incursiones armadas, que proporcionan en cada momento, el pretexto adecuado para una respuesta militar por parte de Israel. Pongo un ejemplo, el régimen de Castro ha sido desde siempre un enemigo visceral de Estados Unidos, en esta confrontación dialéctica, USA ha ejecutado acciones, cuya respuesta por la parte cubana ha sido regularmente, la condena ante organizaciones internacionales o la acción contra los “enemigos internos” o el recrudecimiento de las actividades espionaje en territorio norteamericano (la muerte de un guardia fronterizo cubano en la década de los 60, provocó el corte de suministro de agua potable por parte de Cuba a la Base estadounidense de Guantánamo); pero lo que nunca ha pasado por la mente calenturienta de los gobernantes cubanos (en eso han sido muy astutos), ha sido la de responder con una agresión directa al territorio estadounidense, pues son consientes de que ello provocaría una respuesta militar apocalíptica; en menos de lo que “canta un gallo” el Pentágono ordenaría realizar un  bombardeo quirúrgico, y la 8va. División ocuparía el territorio cubano, luego ya veríamos el resultado de todo ese rollo de la guerra de todo el pueblo y la capacidad para hacerle la vida imposible al agresor a través de una guerra irregular, pero en principio jodería a la Isla y machacarían  a sus habitantes.
Cada vez que Hamás lanza un misil a territorio Israelí, está sirviéndoles en bandeja el pretexto para una respuesta, que regularmente es sobradamente  desproporcionada. Más nos vale que la Autoridad Nacional Palestina renuncie a los ataques e incursiones terroristas y que Israel abandone por su parte, su política desfasada de intento de sometimiento forzoso de nuevos territorios árabes palestinos y su pretensión trasnochada de convertirse en gendarme del Medio Oriente; y que ambos se sienten de una puñetera vez a discutir la búsqueda de una solución pacífica y definitiva del conflicto, que conlleve a la aceptación por ambos bandos de que deberán sobrevivir unos juntos a los otros, pese a sus profundas diferencias políticas, religiosas y de cualquier otro tipo. Y cuando esto ocurra, la comunidad internacional deberá velar real y celosamente por el cumplimiento de dichos acuerdos. Es hora de que ambos bandos entiendan de una vez por todas, que no hay otra salida; el Estado de Israel no puede desaparecer, como tampoco el Árabe- palestino, ambos gozan del reconocimiento legítimo de cientos de naciones en todo el mundo y eso no puede ya  echarse para atrás, ¿coño, es tan difícil de entender?. Que cese la borrachera de odio. Ya habrá tiempo para negociar la retirada de los territorios ilegalmente ocupados por Israel, la devolución de prisioneros de ambas partes, el establecimiento de normas de convivencia entre los dos estados y el cese total de las hostilidades entre ambos, que se pidan perdón mutuamente por las atrocidades que han cometido los unos y los otros; repito, que se acepten mutuamente, ese es el principio básico para negociar todo lo demás. Ni los israelíes, ni los árabes palestinos son alimañas que deben ser exterminadas, son personas como yo o como aquel que está sentado en un parque ahora mismo dando de comer a las palomas, que a lo único que aspiran es a vivir dignamente y en paz y que desean dejar de ser manipulados por gobernantes de ambos bandos que pretenden apagar el fuego con gasolina. Más vale que tanto unos como otros reflexionen, entiendan todo esto y revisen sus posturas, o señores míos, el conflicto entre palestinos e israelíes  “no lo va a arreglar ni el médico chino”. 
 



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