lunes, 15 de julio de 2013

El paperweight que burló al G-2

“EL PAPERWEIGHT QUE BURLO AL G-2”

Hace más de dos décadas tuve la oportunidad de conocer personalmente al Alcalde de la ciudad de Chicago, Sr. Harold Washington, quien visitaba Cuba en pleno periodo presidencial de Ronald Reagan, invitado por el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos. Imagino, que aquel hombre, un reconocido luchador por los derechos civiles, sentía un especial interés por conocer la realidad cubana; “una cosa es lo que te cuentan y otra es la realidad”, axioma que está presente en cualquier ser pensante. El Sr. Washington gozaba de una presencia que imponía, su estatura, corpulencia (probablemente más de 100Kg de peso), una mirada inteligente, modales exquisitos, sonrisa Colgate y un hablar pausado; dicen, que de joven guardaba cierto parecido con el actor y cantante Harry Belafonte. Nuestra conversación giró casi en su totalidad sobre las implicaciones de la esclavitud en Cuba durante el siglo XIX, época del esplendor azucarero cubano; yo le recomendé la lectura del libro “El Ingenio”, de Moreno Fraginals, una brillante obra sobre ese episodio de la historia cubana y le obsequié una pequeña, pero también extraordinaria obra, “Contribución a la Historia de la Gente sin Historia,” de los insuperables investigadores Deschamps Chapeaux y Juan Pérez de La Riva; el Alcalde visiblemente apenado y no teniendo otra cosa a mano, me devolvió el gesto, dándome un sello de solapa con la bandera y escudo estadounidense, desconocedor de que acababa de obsequiarme con un elemento simbólico de carácter subversivo, una especie de bomba de relojería en una Cuba obcecada por un odio visceral hacia todo lo norteamericano.
En la mañana del día siguiente de nuestro encuentro, recibí una llamada en mi despacho, anunciándome que tenía una visita y acudí a recepción, allí me esperaba una especie de clon de Gwyneth Paltrow, sosteniendo entre sus manos un paquetito envuelto en papel de regalo; se trataba de una funcionaria de la SINA (Sección de Intereses Norte Americanos). Pensé para mis adentros, “Dios mío estoy acabado”. Afuera, en la calle, yacía numeroso público agolpado en el lugar, observando, como si se tratar de un OVNI, aquel Grand Cheerokee, imposible de encontrar en La Habana de los 80. Me fui a mi oficina y desmantele el envoltorio, contenía un frasco de crema de afeitar, una máquina de afeitar Gillette y una loción after shave, todo ello convoyado por un extraordinario pisa papel de grueso cristal, donde aparece tallado el escudo de la Ciudad de Chicago y grabada la firma del entonces Alcalde, Harold Washington. A lo primero que atiné, fue a poner a trabajar al pisa papel, es decir, colocarlo sobre un montón de documentos sueltos. No había terminado dicha operación, cuando tocaron a la puerta y sin dar tiempo a que yo le diera el lógico “adelante”, uniendo la acción a la palabra, el visitante penetró en el recinto con un sonoro “buenos días” y acto seguido extrajo una especie de billetera o lo que quedaba de ella, y se identificó como agente del G-2; aquel gorila fue directo al grano: ”-Sabemos que ha recibido un paquete de la Oficina de Intereses norteamericanos y vengo a recogerlo”-. Yo, en principios no supe que decir, luego de unos largos segundos, reaccioné: “-Oiga, se trata de un set de afeitado, un detalle que ha tenido un visitante”-. “-Si lo sabemos-contestó- si no hubiera sido así, usted no estaría sentado ahí y nos estaríamos viendo en otro sitio”. ¿Villa Marista?, me pregunté para mis adentros. En fin, el visitante recogió el paquetito y no lo volví a ver nunca más (y eso que dicen que el Triángulo de las Bermudas no existe). Sé que algún oficial de la Gestapo cubana se habrá afeitado y disfrutado de aquella pequeña delicia del capitalismo “decadente y opresor de los pueblos”. Pero allí, sobre mi mesa de trabajo, desafiante quedaba el lustroso y magnifico ejemplar de la confrontación ideológica. Por cierto, aún lo conservo, prometo hacerle una foto para mostrarlo; ¡es fantástico!, ¡I like it!

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