lunes, 15 de julio de 2013

Las Tribulaciones de un chino en Cuba

“Las Tribulaciones de un chino en Cuba”
 
Asistía yo a una cena de agasajo ofrecida por la Embajada de la Republica Popular China en 1987, invitado por el Director Artístico de la Ópera de Pekín, al que había conocido días antes, después de asistir a la presentación de dicha compañía en La Habana. Semanas antes había sufrido un encuentro “casual” con un diplomático chino, que “casualmente” (sigo con la redundancia) volví a encontrarme en aquella refinada recepción diplomática. Bebimos como cosacos, cosa de la que se encargaban muy bien un grupo de camareros vestidos a lo Bruce Lee, alertas siempre a nuestras copas, para que estas no quedaran ni un sólo segundo vacías. El Embajador del gigante asiático y su agregado cultural, no paraban de acercarse a las mesas de los invitados, incluyendo la mía, para mostrar entre grandes sonrisas lo buenos anfitriones que eran. Justo a mi lado, es decir en la misma mesa que yo, se encontraba Enrique Colina (¿se acuerdan del programa “24 por Segundos” de la Televisión Cubana?). Después de la esplendida comida, fuimos invitados a pasar a una enorme sala-teatro (déjenme decirles, para quien no lo sepa, que la Embajada China en la Habana está enclavada en una mansión descomunal que sirve de fachada a un enorme bunker), donde proyectarían el filme “El Sorgo Rojo”, versión cinematográfica de la novela del escritor chino (para algunos neokafkiano) y Premio Nobel de Literatura, Guan Moye (nombre cuyo significado en chino pinyin es “No Hables”, (¡vaya paradoja!) y quien había manifestado, en ocasión de una entrevista, que: “…quizás dentro de cien años, un chino gane el Nobel de Literatura…” (años después, no hubo que esperar a que transcurriera un siglo, lo ganó él mismo; ¡otra paradoja más!). El asunto es, que después de finalizada la película y encenderse las luces, algunos aplaudimos atronadoramente y dichos aplausos sirvieron, además de cómo una muestra de aprobación, también como despertador a un grupo de aletargados, quienes bostezando y recuperados de la sorpresa, se sumaron a la ovación. Un diplomático chino que hablaba un perfecto castellano, pero que no estaba puesto al corriente de las expresiones criollas, me preguntó en voz muy queda, cuál era el significado de la frase “esto es un clavo”, que había escuchado entre algunos asistentes al referirse a la película; si les digo la verdad, hubiera querido que me tragara la tierra, pero allí estoicamente resistí la envestida y di una explicación de la que ya ni me acuerdo, probablemente por lo absurda de la misma. Colina intentó entre algunos de sus interlocutores, echando mano a su erudición en los asuntos del séptimo arte, dar una explicación convincente, aduciendo que el film poseía grandes valores intrínsecos, pero el lenguaje expresivo y la cadencia no eran algo a lo que estuviéramos acostumbrados  en las forma artísticas de Occidente (y debe haber tenido razón), al año siguiente el film obtuvo el “Oso de Oro” a la Mejor Película en el Festival Internacional de Cine de Berlín, así como otros premios nacionales. Debo admitir, que yo, a pesar de ser desde la temprana edad de 11 años, un auténtico devorador de libros, en lo referente a la  literatura china, sólo había leído un par de relatos de Lu Sin como “La Espada Azul” y “Tormenta en una taza de Té”. Antes de mi aterrizaje en la Universidad, todo el contacto que había sostenido con la cultura oriental, eran las sopas chinas que había ingerido de pequeño en la Plaza del Mercado de Cristina y algún que otro arroz frito cantoné, que había comido con mis padres en el antiguo Restaurante Pacífico del chinatown habanero; pero de literatura, lo que se llama literatura, poco o nada, salvo, eso sí, un libraco que recuerdo que en una visita realizada por la escuela en la que yo estudiaba, al 5º Distrito en los primeros días de la “revolución triunfante”, nos regaló un Comisario del PSP (Partido Socialista Popular), del cual no he podido olvidar su título, “Bun Sung Vence al Tigre”; el personaje de Bun Sung representaba claramente al pueblo chino, en tanto que el tigre, era una clara alusión al Imperialismo Yanki, que era como lo había denominado el Gran Líder Mao Zhedung, “un tigre de papel”, con la réplica histórica de Nikita Kruchev: -Si, tigre de papel, ¡pero con colmillos atómicos!”. El resto de lo que pasó entonces por mis manos, eran artículos vomitivos del Boletín Pekín Informa de la Agencia de Noticias Xinhua, como aquel que aseguraba que El Gran Timonel, cual personaje de Acuaman, había cruzado a nado el río Yang Tse en varias ocasiones; o aquella noticia que para mi alcanzaba el paroxismo y cito textual:   “Pekín, (Agencia de Noticias  Xinhua);  Campesino analfabeto chino realiza riesgosa operación quirúrgicas a su hijo, con un cuchillo de mesa, inspirado en los pensamientos de Mao” (hasta ahí podíamos llegar), yo entonces empecé a intuir que algo no funcionaba bien, algo fallaba en el “sistema”. Luego sobrevinieron pequeños periodos de distanciamientos y enfrentamientos entre Castro y la China Popular, lo que años después y sometiéndolo a un análisis histórico, a mí se me antojó denominar “La Guerrita del Arroz”.  En fin, cuando realmente pude valorar en su justa dimensión a la cultura China, fue durante los cursos de Arte Oriental en la Universidad. Cualquier emperador, de cualquier dinastía, llámese, Tang, Sung o Ming, había seguramente hecho mucho más por China en una semana, que la Revolución Cultural en años; hasta el inepto de Pu Yi (el último emperador), hubiera sido más creativo. Yo debo asumir, que prefería más la frase bucólica de un poema de ya no recuerdo que emperador, que afirmaba: “los vientos de la noche avivan la fragancia de las flores del cerezo”, que las letras de aquellas canciones entonadas por la Guardia Roja, llamando a la conquista de Formosa y a poco menos que a capturar a Chiang Kai-shek para utilizarlo en la  elaboración de  un chop suey. 
La atmosfera en la sede diplomática se había tornado más distendida, entonces fue cuando hizo su entrada el ya mencionado funcionario, conocido por “casualidad” y que se dedico el resto de la noche a intentar consolidar a velocidad supersónica una amistad, en tanto que yo le dejaba hacer; pero en realidad, el dedo no me lo chupo desde hace mucho ya. Comencé a hacer conjeturas y decidí darle pie, como se decía en Cuba, “comencé a ponerle letra a la melodía”; descartada cualquier posibilidad de pretensiones homosexuales, me dejé caer al campo de la política  y………… Bingo, era un agente, que con una torpeza sólo comparable al famélico personaje interpretado por Stand Laure en el  Gordo y el Flaco, intentaba, ante la imposibilidad de encontrar una palabra mejor, reclutarme. En los días sucesivos se produjeron varias llamadas telefónicas; en realidad tuve un comportamiento algo canalla, pues mientras dilataba la aceptación a la propuesta, me beneficié de varias comidas en restaurantes de categoría y maravillosas visitas a espectáculos teatrales; esa dilatación fue interpretada como una indecisión momentánea, por lo que el chino continúo “trabajándome”; incluso, en un intento de “ganarme para su causa” utilizo como cebo, a una especie de conejita playboy asiática de modales refinados, que no era necesario ser un Gregorio Mendel para intuir que se trataba de un cruce genético, a juzgar por el 1.70 de estatura, así como las amplias caderas y el trasero respingón que nada encajaba con el clásico biotipo asiático; pero muy a pesar mío, no caí en esa trampa. Al final, la respuesta fue un NO rotundo. Jamás y por principios, aceptaría yo semejante trabajo sucio a favor de un régimen como el que imperaba en China, por otro lado y en el supuesto de haber aceptado, no tenía mucho sentido, pues yo no disponía de información relevante de ningún tipo, ni de posibilidades de obtenerlas. Si algo positivo saqué de toda esta rocambolesca historia, fue conocer de primerísima mano, que nuestros queridos “amigos” nos espiaban sin contemplación, quizás pensando que éramos, no tigre, pero si, “gatitos de papel” con colmillitos de AKM.

1 comentario:

  1. Que bueno. Yo me hubiera bailao a la chinta. Muy ilustrativo de la relidad de los "socios socialistas

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