Las Tribulaciones de un chino en Cuba
“Las Tribulaciones de un chino en
Cuba”
Asistía yo a una cena de agasajo ofrecida por la Embajada de la Republica
Popular China en 1987, invitado por el Director Artístico de la Ópera de Pekín,
al que había conocido días antes, después de asistir a la presentación de dicha
compañía en La Habana. Semanas antes había sufrido un encuentro “casual” con un
diplomático chino, que “casualmente” (sigo con la redundancia) volví a
encontrarme en aquella refinada recepción diplomática. Bebimos como cosacos,
cosa de la que se encargaban muy bien un grupo de camareros vestidos a lo Bruce
Lee, alertas siempre a nuestras copas, para que estas no quedaran ni un sólo
segundo vacías. El Embajador del gigante asiático y su agregado cultural, no
paraban de acercarse a las mesas de los invitados, incluyendo la mía, para
mostrar entre grandes sonrisas lo buenos anfitriones que eran. Justo a mi lado,
es decir en la misma mesa que yo, se encontraba Enrique Colina (¿se acuerdan
del programa “24 por Segundos” de la
Televisión Cubana?). Después de la esplendida comida, fuimos invitados a pasar
a una enorme sala-teatro (déjenme decirles, para quien no lo sepa, que la
Embajada China en la Habana está enclavada en una mansión descomunal que sirve
de fachada a un enorme bunker), donde proyectarían el filme “El Sorgo Rojo”,
versión cinematográfica de la novela del escritor chino (para algunos
neokafkiano) y Premio Nobel de Literatura, Guan Moye (nombre cuyo significado
en chino pinyin es “No Hables”, (¡vaya paradoja!) y quien había manifestado, en
ocasión de una entrevista, que: “…quizás dentro de cien años, un chino gane el
Nobel de Literatura…” (años después, no hubo que esperar a que transcurriera un
siglo, lo ganó él mismo; ¡otra paradoja más!). El asunto es, que después de
finalizada la película y encenderse las luces, algunos aplaudimos
atronadoramente y dichos aplausos sirvieron, además de cómo una muestra de
aprobación, también como despertador a un grupo de aletargados, quienes
bostezando y recuperados de la sorpresa, se sumaron a la ovación. Un
diplomático chino que hablaba un perfecto castellano, pero que no estaba puesto
al corriente de las expresiones criollas, me preguntó en voz muy queda, cuál era
el significado de la frase “esto es un clavo”, que había escuchado entre
algunos asistentes al referirse a la película; si les digo la verdad, hubiera
querido que me tragara la tierra, pero allí estoicamente resistí la envestida y
di una explicación de la que ya ni me acuerdo, probablemente por lo absurda de
la misma. Colina intentó entre algunos de sus interlocutores, echando mano a su
erudición en los asuntos del séptimo arte, dar una explicación convincente,
aduciendo que el film poseía grandes valores intrínsecos, pero el lenguaje
expresivo y la cadencia no eran algo a lo que estuviéramos acostumbrados en las forma artísticas de Occidente (y debe
haber tenido razón), al año siguiente el film obtuvo el “Oso de Oro” a la Mejor
Película en el Festival Internacional de Cine de Berlín, así como otros premios
nacionales. Debo admitir, que yo, a pesar de ser desde la temprana edad de 11 años,
un auténtico devorador de libros, en lo referente a la literatura china, sólo había leído un par de
relatos de Lu Sin como “La Espada Azul” y “Tormenta en una taza de Té”. Antes
de mi aterrizaje en la Universidad, todo el contacto que había sostenido con la
cultura oriental, eran las sopas chinas que había ingerido de pequeño en la
Plaza del Mercado de Cristina y algún que otro arroz frito cantoné, que había
comido con mis padres en el antiguo Restaurante Pacífico del chinatown
habanero; pero de literatura, lo que se llama literatura, poco o nada, salvo,
eso sí, un libraco que recuerdo que en una visita realizada por la escuela en
la que yo estudiaba, al 5º Distrito en los primeros días de la “revolución
triunfante”, nos regaló un Comisario del PSP (Partido Socialista Popular), del
cual no he podido olvidar su título, “Bun Sung Vence al Tigre”; el personaje de
Bun Sung representaba claramente al pueblo chino, en tanto que el tigre, era
una clara alusión al Imperialismo Yanki, que era como lo había denominado el
Gran Líder Mao Zhedung, “un tigre de papel”, con la réplica histórica de Nikita
Kruchev: -Si, tigre de papel, ¡pero con colmillos atómicos!”. El resto de lo que
pasó entonces por mis manos, eran artículos vomitivos del Boletín Pekín Informa
de la Agencia de Noticias Xinhua, como aquel que aseguraba que El Gran Timonel,
cual personaje de Acuaman, había cruzado a nado el río Yang Tse en varias
ocasiones; o aquella noticia que para mi alcanzaba el paroxismo y cito textual: “Pekín,
(Agencia de Noticias Xinhua); Campesino analfabeto chino realiza riesgosa
operación quirúrgicas a su hijo, con un cuchillo de mesa, inspirado en los
pensamientos de Mao” (hasta ahí podíamos llegar), yo entonces empecé a
intuir que algo no funcionaba bien, algo fallaba en el “sistema”. Luego
sobrevinieron pequeños periodos de distanciamientos y enfrentamientos entre
Castro y la China Popular, lo que años después y sometiéndolo a un análisis
histórico, a mí se me antojó denominar “La Guerrita del Arroz”. En fin, cuando realmente pude valorar en su
justa dimensión a la cultura China, fue durante los cursos de Arte Oriental en
la Universidad. Cualquier emperador, de cualquier dinastía, llámese, Tang, Sung
o Ming, había seguramente hecho mucho más por China en una semana, que la
Revolución Cultural en años; hasta el inepto de Pu Yi (el último emperador),
hubiera sido más creativo. Yo debo asumir, que prefería más la frase bucólica
de un poema de ya no recuerdo que emperador, que afirmaba: “los vientos de la noche avivan la fragancia de las flores del cerezo”,
que las letras de aquellas canciones entonadas por la Guardia Roja, llamando a
la conquista de Formosa y a poco menos que a capturar a Chiang Kai-shek para utilizarlo en la elaboración de un chop suey.
La
atmosfera en la sede diplomática se había tornado más distendida, entonces fue
cuando hizo su entrada el ya mencionado funcionario, conocido por “casualidad”
y que se dedico el resto de la noche a intentar consolidar a velocidad
supersónica una amistad, en tanto que yo le dejaba hacer; pero en realidad, el
dedo no me lo chupo desde hace mucho ya. Comencé a hacer conjeturas y decidí
darle pie, como se decía en Cuba, “comencé a ponerle letra a la melodía”;
descartada cualquier posibilidad de pretensiones homosexuales, me dejé caer al
campo de la política y………… Bingo, era un
agente, que con una torpeza sólo comparable al famélico personaje interpretado
por Stand Laure en el Gordo y el Flaco,
intentaba, ante la imposibilidad de encontrar una palabra mejor, reclutarme. En
los días sucesivos se produjeron varias llamadas telefónicas; en realidad tuve
un comportamiento algo canalla, pues mientras dilataba la aceptación a la
propuesta, me beneficié de varias comidas en restaurantes de categoría y
maravillosas visitas a espectáculos teatrales; esa dilatación fue interpretada
como una indecisión momentánea, por lo que el chino continúo “trabajándome”;
incluso, en un intento de “ganarme para su causa” utilizo como cebo, a una
especie de conejita playboy asiática de modales refinados, que no era necesario
ser un Gregorio Mendel para intuir que se trataba de un cruce genético, a
juzgar por el 1.70 de estatura, así como las amplias caderas y el trasero
respingón que nada encajaba con el clásico biotipo asiático; pero muy a pesar
mío, no caí en esa trampa. Al final, la respuesta fue un NO rotundo. Jamás y
por principios, aceptaría yo semejante trabajo sucio a favor de un régimen como
el que imperaba en China, por otro lado y en el supuesto de haber aceptado, no
tenía mucho sentido, pues yo no disponía de información relevante de ningún
tipo, ni de posibilidades de obtenerlas. Si algo positivo saqué de toda esta
rocambolesca historia, fue conocer de primerísima mano, que nuestros queridos
“amigos” nos espiaban sin contemplación, quizás pensando que éramos, no tigre,
pero si, “gatitos de papel” con colmillitos de AKM.
Que bueno. Yo me hubiera bailao a la chinta. Muy ilustrativo de la relidad de los "socios socialistas
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